Uno de los temas más preocupantes en materia de salud mental en la actualidad es la aparente adicción que muestran los adolescentes hacia los teléfonos móviles y las redes sociales. No solo por el hecho de que no puedan despegarse de sus dispositivos, sino también porque varios estudios han encontrado asociaciones entre su uso excesivo y niveles de estrés, ansiedad, depresión y trastornos de sueño.

Un equipo de investigadores decidió indagar un poco en este tema para intentar responder esta pregunta, y encontró que uno de cada cuatro adolescentes  es adicto a su teléfono inteligente. Pero también cabe preguntar ¿qué tan válido es hablar de adicción al celular en un contexto histórico en el que prácticamente todo se hace a través de este?

Uno de cada cuatro adolescentes es “adicto” al teléfono celular

Los investigadores recolectaron y analizaron datos de salud mental autoinformados de 41 estudios previos sobre el uso del teléfono móvil llevados a cabo entre el 1 de enero de 2011 y el 15 de octubre de 2017.

Para dichas investigaciones se aplicaron encuestas para evaluar el comportamiento de las personas. Muchas de estas preguntaban si los individuos usaban su teléfono móvil durante más tiempo del que pretendían, si por usarlo habían perdido tareas escolares planificadas o si habían sido criticados por otras personas porque estaban usando demasiado el dispositivo.

El resultado fue una prevalencia de 23.3 por ciento del uso problemático de teléfonos móviles en niños y adolescentes, lo cual, según un comunicado de prensa adjunto a la publicación, era “consistente con una adicción conductual”.

También encontraron que aquellos jóvenes que hacían uso problemático de su celular tenían tres veces más probabilidades de sentirse deprimidos, ansiosos e incluso de no dormir lo suficiente.

No necesariamente se trata de adicción

Sin embargo, un análisis de Clare Wilson de New Scientist sugiere que estos resultados podrían estar indicando simplemente altos niveles de uso del teléfono móvil sin que ello implique necesariamente una patología.

De hecho, si se cambia la palabra “teléfono” por “libro” estos resultados no serían vistos de la misma manera. Un lector empedernido podría muy bien responder sí a muchas de las preguntas planteadas, pero no por ello podríamos pensar que se trata de adicción, sugiere en su publicación.

Esta idea fue refutada por Nicola Kalk, del King’s College de Londres, uno de los autores del nuevo estudio. Para ello citóejemplos de adolescentes que pasan tanto tiempo jugando en sus teléfonos que descuidan actividades importantes como bañarse o salir de casa.

Ante esta idea, Wilson acepta que se trata de un comportamiento preocupante, pero alega que la revisión hecha “no dice nada sobre el número de adolescentes en un estado tan extremo”.

Por su parte, Amy Orben de la Universidad de Cambridge, destaca el hecho de que los estudios seleccionados para esta investigación no fueron representativos pues el equipo escogió los documentos usando solo el término de búsqueda “adictivo”. Tomando esto en cuenta, es probable que los estudios que consideraron bajos niveles de uso problemático de los celulares pueden haberse pasado por alto, lo cual ha sido aceptado por Kalk y su coautor.

¿Hay relación entre la depresión y los teléfonos inteligentes?

Wilson tampoco está de acuerdo con la idea de que los teléfonos inteligentes son la causa directa de depresión en los jóvenes. Los estudios revisados solo muestran una correlación entre el uso del teléfono y los problemas de salud mental, más no dan por sentado que estos sean la causa.

Así pues, un joven deprimido por otras razones podría encontrar refugio y ser más propenso a hablar con gente en línea o jugar en su teléfono. Y de ser así, bajo la premisa generalizada de que “el celular está causando depresión en los jóvenes”, los padres que tomen como solución la prohibición de su uso podrían estar echando más leña al fuego.

Referencia: Prevalence of problematic smartphone usage and associated mental health outcomes amongst children and young people: a systematic review, meta-analysis and GRADE of the evidence.

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